La importancia de un Birkin
El otro día me sorprendí a mí misma probándome una camiseta con sujetador incorporado de Uniqlo. Quedaba perfecta: pecho definido, sin pezones, sin tirantes. Era perfecto. No era mi pecho.
Al llegar a casa tuve que buscar una foto de Jane Birkin: pelo corto, pecho caído, con la mano dentro de la bragueta mientras con la otra fumaba un cigarrillo. Iba por el mundo con la impunidad de un hombre, como si no tuviera que pedir perdón por tener un cuerpo femenino. Sin maquillar, sin depilar, sin marcar la cintura, como si con existir bastase y eso resultara una tarea fácil; sin inyecciones en la cara, la misma cara en la que sus conocidos podrían reconocer la mirada de su madre, la sonrisa de su padre, el mismo gesto que hacía de niña cuando se enfadaba o las pecas que compartía con su hermano.
Ahora mismo, Lola Lolita tiene más pinta de compartir grupo sanguíneo con Rivers que con su propia familia.
Y se me vino a la cabeza lo que todo el mundo piensa: «Necesitamos más representación», de gente natural, gente sin operar, vestida con fibras naturales. Pero deseché la idea al instante. No necesitamos representación de nada en la valla publicitaria en la que se ha convertido Instagram, ni en las páginas interminables de publicidad de Vogue, donde para leer un artículo necesitas saltar diez páginas.
Necesitamos salir de ahí. Porque quizá el problema sea que hemos olvidado como eran los cuerpos reales, tanto que un pecho caído o una nariz fregada nos empiezan a parecer extraños.
¿Acaso no te sientes mejor dedicando cinco minutos a leer este artículo en vez de haber visto una media de veinte reels? ¿Cómo nos hemos alejado del canon de belleza de Paco Rabanne o Hermès?
Por Tardor